Gabriela Wiener: “Incomodar se ha convertido en uno de mis rasgos”

“Eres sumamente egoísta”. “Temo por ti porque te pones al borde de todo”. “Tu terquedad siempre ha sido tu mayor fuerza”. “El que nunca hubieras tenido una relación como la nuestra con otra mujer no te hace menos lesbiana”. Quienes le dicen eso de frente a la escritora, poeta y periodista peruana Gabriela Wiener (Lima, 1975) son su esposo, su madre, su primer jefe y la madre de Amaru, su segundo hijo. En Dicen de mí (Estruendomudo, 2017), su libro más reciente, la autora radicada en España recoge esquirlas de este tipo a lo largo de 16 entrevistas en las que les pregunta a sus familiares, amigos, ex-parejas y colegas aquello que por paz mental y tranquilidad emocional no se debe preguntar nunca: ¿qué opinas realmente de mí?, ¿qué lugar ocupo en tu vida?

Esta vez, la misma mujer que se atrevió a contar en primerísima primera persona sus exploraciones sexuales en Sexografías (2008), aquella que también desendulzó la épica melosa del embarazo y la maternidad en Nueve lunas (2009), vuelve a poner el cuerpo y la voz para narrar, a través de sus experiencias individuales, la experiencia colectiva de los otros. En eso, justamente, consiste el periodismo gonzo que ella ejerce: en dinamitar la supuesta objetividad del oficio para que la mirada subjetiva de quien escribe relumbre. Desde sus inicios como cronista en la prestigiosa revista peruana Etiqueta Negra, Wiener –una de las invitadas a la reciente Feria del Libro de Guayaquil– ha sabido estirar las posibilidades de esa narrativa kamizake y la ha transformado, a lo largo de estos años, en su método íntimo y político para desnudar la existencia.

Pero nadie, como podrá suponerse, puede salir ileso de esa exposición impúdica.

En un texto sobre Dicen de mí, la dramaturga Mariana de Althaus, tu compatriota, dice que todos tus libros tienen un costo alto. ¿Es así?
— Es una manera de decir, aunque suena un poco exagerada si se compara con los costos que pueden tener algunas cosas más arriesgadas como hacer periodismo en México, por ejemplo. Siempre que me ponen en un lugar de periodista osada, intento mantener los pies en la tierra. Respecto a las verdaderas osadías de hoy en día, mi literatura podría ser directamente conservadora, casi. Lo que sí es innegable es que se trata de un tipo de escritura muy de exposición personal y, en ese sentido, arriesgo mucho porque me muestro mucho. Cuando uno se expone así, queda también muy vulnerable. Entonces sí, el costo siempre es alto. Mis libros han supuesto abrirme en canal y engullir, en esos agujeros que voy abriendo, a la gente cercana de mi entorno.
Esa exposición tan descarnada de la que hablas empezó desde tu primer libro, Sexografías (2008), en el que recopilas, entre otros temas, crónicas sobre intercambios swingers, pornografía en 3D, donación de óvulos…
—Sí. Sexografías es un libro de sexualidades nuevas, distintas, de otras maneras de vivirlas fuera de la normatividad. Hace nueve años, para una sociedad conservadora como la de Lima, la mayor representación de la mujer era ‘la tapada’ (término que usaba antiguamente para referirse a aquellas señoritas que se cubrían de pies a cabeza). Por eso mi destape terminó siendo una cuestión política, cuestionadora. Esa vez me arriesgué a insultos, fui señalada. Me hicieron bullying, me dejaban mensajes terroríficos en esos tiempos en los que todavía me dolía leer cosas así. Un libro como Nueve lunas, el que hablo sobre mi embarazo y la maternidad en primera persona, también supuso una exposición porque no es un tema que haya sido considerado literario nunca. Ahora mismo, gracias a la efervescencia feminista, hay toda una tendencia de escritura de la maternidad y de la no maternidad.

Foto: Daniel Mordzinski. Fuente: El Mundo.

Foto: Daniel Mordzinski. Fuente: El Mundo.

Hace poco dijiste que haber lanzado un libro como Dicen de mí supuso una especie de sismo del que siempre habrá réplicas y que, de hecho, estás conviviendo ahora con eso. ¿Cuáles han sido esas consecuencias?
—Tampoco es que ha habido consecuencias devastadoras (risas). Y es complicado hablar de esto, porque al final de lo que se trata un libro es de escribir y no de leerlo desde el análisis psicológico o directamente desde la autoayuda. Pero sí es verdad que un ejercicio así –de mirarse a través de los otros— como que abre nuevos caminos para mirarse a uno mismo, para encontrarse con el otro. Y en mi caso es cierto que había senderos que no había andado y que me ha tocado atravesar ahora. Pero no importa tanto el efecto que ha generado en mí. Importaría en la medida en que eso generara algo: otra escritura, otro libro, otro mensaje u otro comentario. No creo que los libros tengan un efecto terapéutico. De hecho, incluso pueden volverte más demente.
En tus lectores, sin embargo, sí ha tenido un efecto de identificación, ¿no?
—Sí, lo más importante que me ha pasado con este libro es que, a pesar de que son historias mías, con mi gente, muchas personas al leerlo han evocado inmediatamente sus propias relaciones.
Y eso confirma que en el ensayo personal, como tú has dicho, siempre se termina hablando del otro a partir de uno mismo.
—La literatura personal tiene un lugar, un valor y trasciende la cosa narcisista justamente porque puede hablar del ‘nosotros’, de esa cosa compartida. Es curioso que en Dicen mí, por ejemplo, uno de mis entrevistados me diga que no está muy seguro de si yo he sido quien ha escrito sus respuestas. No hay nada inocente en todo esto. Además, yo soy periodista, sé cómo llevar a alguien hacia donde quiero. Cada entrevista, en este caso, empezaba con algunas sospechas sobre mí y sobre la relación que tenía con esa persona. Son pocas las que me cambiaron de tema, casi todas se dejaron llevar por mí. Todo es bastante sinuoso y ambiguo, pero ellos desde su punto de vista también intentan dibujarme de una manera o muy elogiosa o descaradamente atacante.
¿Cuál crees que es el reto al evocar ese ‘yo plural’ en este tiempo en el que estamos exponiendo constantemente nuestro ‘yo singular’ en las redes sociales? ¿Hay alguna precaución que tomar?
—Las redes son justamente eso: redes. No existen sin el otro. Aunque parezca que simplemente estamos hablando para nosotros mismos, siempre estamos hablando para un interlocutor, para un otro, ya sea imaginario o real. Ahora, además, podemos contabilizar todo: cuánta gente nos está viendo en Periscope, en Facebook, o a cuánta le gustó lo que estamos posteando. Eso es estar en red. Pero la cuestión es que sí, que muchas veces son reacciones, efectivamente, banales. Son clicks que uno va haciendo y luego se olvida. A la gente le encanta hablar y a veces ni siquiera lee al otro. Por eso me interesa el formato del libro, como en Dicen de mí, porque no se queda en el intercambio feroz o a veces acrítico de las redes. Como en todos mis libros, además, utilizo las herramientas que tengo como periodista y me someto a autoinvestigaciones. Es mi manera, de paso, de darle vuelta al propio oficio y a sus recursos.
En tus libros también hay, de cierta manera, un empoderamiento de las inseguridades. ¿Qué ventajas has sentido al escribir desde ahí?
—(Hace una pausa breve). Siempre he escrito no tanto desde la inseguridad sino desde cosas que nos avergüenzan muchísimo a todos. A nivel literario, me interesa lo que se consigue al mirar esas cosas inenarrables de uno mismo. Siempre he buscado ponerme en situaciones incómodas a la hora de escribir. Incomodar se ha convertido en uno de mis rasgos estilísticos. Lo impúdico se volvió un rasgo de mi escritura. Y el tema de la vergüenza y de las sensibilidades son cosas que han formado parte de mí siempre. Todos somos muchas personas, y precisamente porque tengo un yo tímido, inseguro y diminuto, hay momentos en que me crezco completamente, y lo hago en el desafío de salir y a atreverme a decir, a hablar. Jugar con mis límites se ha vuelto una diversión para mí.

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Fuente: Librópolis

En el prólogo de la reedición anotada de Sexografías (2015), te preguntas qué hubieran despertado en ti todas esas experiencias ahora que eres “más vieja y más madre y más libre”. ¿Has encontrado respuesta a eso?
—Al revisar mis crónicas para esa edición me di cuenta de que que había dejado cosas afuera del libro anterior. Para éste, entonces, quería sumar un montón de otras experiencias que habían quedado ninguneadas porque en ese tiempo yo tenía miedo a no ser ética, a no ser una buena esposa, a no ser una buena chica. En el primer libro aparentaba ser una persona completamente libre, capaz de todo, desinhibida. Y, sin embargo, estaba guardándome cosas para mí, por miedo. Por eso la reedición fue como un nuevo desnudamiento. Ahora que me he radicalizado en el feminismo, veo que había ciertas cosas en las que era demasiado tibia. Pero también he tenido que reconocer que al no tener tanto discurso y tanta doctrina ahí metida, ni tampoco tanta necesidad de justificarme, la mía era una voz como muy honesta, como muy expuesta. Eso me daba cierta inocencia.
¿Harías una segunda parte de Sexografías, quizá explorando más la sexualidad conectada a las nuevas tecnologías? ¿Cómo ves esa relación entre ambas cosas?
—No lo sé. No son preguntas que me hago, la verdad. Ojalá fuera como hacer El Padrino 4, que de repente te van a ofrecer un platal por hacerlo. Pero en la literatura, salvo que seas Pérez Reverte, no te pasan esas cosas. No sé, prefiero no repetir. Tendría que hacer algo así por dinero. Hace poco, de hecho, tuve una serie en El País de textos relacionados, en su mayoría, con las redes y las aplicaciones sexuales. Eran vivencias pequeñitas, también muy gonzo. Era muy divertido escribirlas.
—Dado que tu cuerpo atraviesa tu literatura, ¿te ves en algún punto escribiendo sobre tu vejez en primera persona?
Todo el mundo me dice que ahora, ya mismo, me va a tocar eso (se ríe con gusto). O sea, vamos, si sigo con la literatura del cuerpo y el ensayo personal, es lo que toca, ¿no? Y Dios sabe que es perturbador el asunto de envejecer para una mujer. Todavía sigue siendo un dolor porque, maldita sea, estamos completamente programadas para eso: para sentirnos incómodas en nuestro propio cuerpo, y más aún si este empieza a deteriorarse. Entonces seguramente haré historias de mi cuerpo destrozándose con el tiempo (se ríe).
Tu madre en Dicen de mí se pregunta a dónde más llegará tu radicalismo con el feminismo y otras luchas. ¿Qué le responderías?
(Ríe). Yo no le contesto a mi madre este tipo de preguntas porque si no luego me tiene en su mano. No sé, supongo que a hacer un libro que la incomode mucho (se carcajea). Tengo cosas entre manos que le joderían la vida a ella y a mi familia. Son cosas que no sé si haré, pero que serían definitivamente feministas, eso es seguro. Eso va a seguir siendo así, porque espero no hacer nada que no sea feminista jamás. Pero siempre debo tener cuidado porque el tipo de material que manejo es inflamable e incluye a otra gente, entonces no soy la única que puede perder.
De hecho, has dicho en otras entrevistas que estás trabajando en un libro sobre tus raíces alemanas y la exploración de Machu Picchu…
Bueno, eso suena a que estoy haciendo una novela histórica y nada que ver. Es una cosa que siempre digo en todas las entrevistas: que ese es el libro que voy a escribir y nunca escribo. Siempre queda bien decir que estás trabajando en una saga familiar, histórica, de gran literatura. Y mejor ya de una vez lo voy anunciando: ese momento quizá nunca va a llegar. Y si llega, pues llegará convertido, como siempre, en otra cosa.

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Fuente: El Comercio (Perú)

*** Publicado en el número 426 (noviembre 2017) de la revista Mundo Diners. 

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Miedo y asco en la esquina

El bar es así: pequeño, esquinero, populoso; muy típico del centro de Madrid. Queda, de hecho, en Mostenses. Tiene tragamonedas luminosos, un matamoscas eléctrico, una barra con asientos altos siempre ocupada y un baño unisex que usan hasta los que no compran ni un pan con tomate. Aquí tranquilamente puede entrar cualquiera: desde el barrendero municipal hasta la chica pija que va de turista por estas zonas. Y eso, en efecto, es lo que pasa esta mañana. Reconocido internacionalmente como el padre putativo de un sinfín de criaturas excéntricas, esta vez el cineasta español Álex de la Iglesia encierra a ocho especímenes urbanos en una jaula de paredes grasosas y añejas para observar, como un niño sádico con una lupa, hasta dónde llega su instinto animal de supervivencia. El miedo, según anuncia el tráiler de su nueva “comedia de terror”, nos muestra en realidad cómo somos.

Esa premisa, se sabe, no es del todo novedosa. La que sí resulta contemporánea, sin embargo, es la caricatura que hace el director de las amenazas más recientes a las que los europeos, sobre todo, se han enfrentado en los últimos años: el terrorismo y el letal virus ébola. “Creo que ahora más que nunca, sobre todo en las situaciones de crisis, nos vemos impelidos a ver cómo podríamos sobrevivir. Buscamos nuestros argumentos, esquemas mentales e ideologías para pisar la cabeza de otro sin que se note que la estamos pisando”, declaró de la Iglesia en una entrevista con el diario argentino Página/12. Por mucho que la civilización nos mantenga constantemente ordenados, ante el peligro siempre actuaremos bajo la lógica darwiniana del ‘sálvese quien pueda’. Entremos sino a El bar para comprobarlo. Allí, de donde acaba de salir un hombre al que disparan de repente en la cabeza, no habrá clase, diploma o escrúpulo que valga.

Después de atestiguar la muerte de ese tipo elegante que hace un rato estaba desayunando en la barra, ninguno de los ocho se arriesga a salir a la calle. En esa reclusión obligada, entonces, bulle su paranoia más imaginativa. ¿Acaso se tratará de un asesino en serie que buscará a su próxima víctima enseguida? ¿O habrá sido apenas el preámbulo de un ataque extremista que acabara por inmolarlos a todos? ¿Y qué tal si el terrorista no está afuera sino al lado suyo, a punto de activar los explosivos pegados a su vientre? La barba profética de Nacho (Mario Casas), el hipster guapo que llegó en bicicleta, lo convierte en el primer sospechoso. Elena (Blanca Suárez), la preciosa soltera que entró al local solo a cargar su celular y a tomar un café, se atreve a defenderlo aunque no sabe nada de él. Las apariencias engañan, condenan y, en el mejor de los casos, salvan. ¿Qué tal si todo este embrollo, en realidad, se trata de un sueño?”, aventura Sátur (Secun de la Rosa), el leal servidor de Amparo (Terele Pávez), la desenfadada dueña del bar. Una reverenda bofetada disipa con ardor su duda.

Mientras Andrés (Joaquín Climent) intenta pensar en soluciones para salir de allí como cuando él era policía, Trini (Carmen Machi), la vecina ludópata, controla cada vez peor su claustrofobia. Las profecías bíblicas y apocalípticas que Israel recita en voz alta ante cada cambio de acción crispan aún más los nervios de todos, incluido Sergio (Alejandro Awada), el encorbatado traficante de lencería femenina usada. Israel (Jaime Ordóñez) es el mendigo chiflado de la esquina, aquel que en ciertos momentos aparenta ser también el más sensato del grupo. De la Iglesia aprovecha esta cuarentena improvisada para mofarse, entre otras cosas, de nuestra dependencia del celular, de las noticias y de la fe. Y, ya puestos a ridiculizar nuestra patética condición humana, él y Jorge Guerricaechevarría, su coguionista fetiche, descienden simbólica y literalmente hacia las cloacas de la desesperación. Sobran en este sentido los últimos 20 minutos de la película, pues ya no hacía falta reforzar lo que Israel, con más o menos razón, sentencia resignado: “Somos ratas. Todo lo demás es mentira”.

*** Publicado en la Revista Babieca 21 (octubre 2017)

La vulgar muerte

El Rey Sol está dichoso porque sus perros, sus amados perros, han venido a visitarlo. Desde hace 20 veinte días que, por orden del Dr.Fagon, no se ha acercado al jadeo manso de ese par de galgos altivos que ahora lamen su mano convaleciente. Tenerlos aunque sea un rato junto a él, al pie de su cama real, es la culminación ideal de un día atípico que incluyó un breve paseo vespertino por los deliciosos jardines de Versalles. Son contadas las actividades que ahora reaniman el semblante agotado de su Majestad Luis XIV y por eso, ante el mínimo gesto de mejora, su corte no escatima en loas: ¡Bravo, Sire! Allí, arrinconados a una distancia servil de sus cortinajes, estamos también nosotros, los espectadores, tan pendientes como sus cortesanos de las buenas o malas noticias que puedan salir de esta oscura cámara mortuoria en la que se va transformando su habitación.

La muerte de Luis XIV, dirigida por el incómodo director catalán Albert Serra, fue pensada en un principio como una instalación performática. El Centro Pompidou de París, de hecho, le encargó a Serra que la montara. La idea era, prácticamente, la misma: encerrar 15 días al legendario actor francés Jean-Pierre Léaud en una vitrina de cristal colgada del techo para que representara la agonía del monarca francés. El proyecto no se concretó por su costo elevado y porque a Léaud le espantaba tal grado de exposición, pero derivó en una cinta de dos horas que, por su exquisitez estética, bien podría proyectarse en un museo. “Nada. Nada me parece atractivo de Luis XIV. La figura no es muy fascinante; diría que incluso es desagradable”, respondió Serra con su sorna habitual cuando le preguntaron en una entrevista qué le llamó la atención de este personaje que reinó durante 72 años (desde 1643 hasta 1715). Le resulte cautivador o no, lo cierto es que éste se suma a la lista de protagonistas históricos —Don Quijote, Casanova, Drácula— que el cineasta ha revivido con su particular pulso desmitificador.

¿Será acaso que comer tanta fruta madura está afectando aún más la salud de Su Majestad? ¿O quizá se debe a las bacterias del pobre pajarillo encerrado en una jaula cerca de su cama? ¿No será, tal vez, que todo este deterioro es culpa de la apetitosa carne de conejo que siempre abunda? El Dr.Fagon, el fiel valet Blouin y el cirujano Marechál acuden día y noche al cuarto de su venerado rey y, cuando él logra dormir un poco, discuten sobre las causas de su debilitamiento. Serra aprovecha esas reuniones a las luz de los candelabros para mofarse de los malabares médicos de la época y para vivificar, por sobre todas las cosas, la imponente belleza plástica de su película. La referencia, en estas escenas, es ineludible: el juego con el claroscuro y la incredulidad naif de sus personajes remiten a La lección de anatomía del Dr.Nicolaes Tulp, de Rembrandt. La fragante dirección de arte de Sebastian Vogler complementa a medida esta sucesión de cuadros móviles y de un tenebrismo digno de Caravaggio, que se alzó con el prestigioso premio francés Jean Vigo 2016 y que el mismo año formó parte de la Selección Oficial de Cannes, donde fue una de las más alabadas.

Aunque el rey esté postrado en su lecho, su poder sigue siendo absoluto. Basta con que agite su mano con fastidio para que sus sirvientes desaparezcan. Basta con que reniegue con la cabeza para que la construcción de una fortaleza en el ala oeste del palacio quede en vilo. Basta con que él no esté presente para que ninguna reunión se ejecute o ninguna fiesta se celebre. Quien mejor entonces que Jean-Pierre Léaud —él mismo parte de la realeza clásica del cine francés por haber sido la cara icónica de la nouvelle vague— para encarnar a la precisión a este monarca de ojos rendidos, nariz soberbia y peluca imposible que, pese a su omnipotencia, ya no aguanta más el hedor terrenal de su pierna gangrenada. Adorados cada uno en su momento, el rey y el actor se fusionan en un mismo cuerpo ficcional y se acercan juntos al silencio simbólico del fin. La muerte nunca permite despedidas ostentosas a nadie: ni a los soberanos ni a las estrellas de cine. A fin de cuentas nuestra alma, como dice el poeta chileno Claudio Bertoni, es apenas “la suma de los pedos” de los gusanos que nos devoran.

*** Publicado en el periódico oficial del Festival Eurocine 2017

Carne, demonio, ¿hummus?

He aquí otro documental gringo, angustioso y controversial sobre la salud. Se llama What the Health, está disponible en Netflix, fue producido por Joaquin Phoenix y sus directores son Keegan Kuhn y Kip Andersen, la misma dupla detrás de Cowspiracy (2014), ese piedrazo contra la industria ganadera y su desastroso impacto ambiental. Esta vez, las vacas vuelven a ser su target, pero ya sobre la parrilla. “La Organización Mundial de Salud (OMS) revisó 800 estudios, de 10 países diferentes, y encontró un vínculo directo entre el consumo de carne procesada y el cáncer colorectal”, dice Andersen durante los dos primeros minutos de la película y así, de entrada, establece un identikit de los potenciales y sabrosos enemigos del ser humano: las salchichas, el tocino, el jamón, los bifes, los chorizos y todo lo que sepa, huela o provenga de cualquier animal comestible. Vade retro parrillada completa.

Andersen, quien no fuma ni toma y se ejercita, reconoce también desde un inicio que él es un “hipocondríaco en recuperación”, y ese detalle es útil para saber cómo y con qué cuidado digerir las estadísticas, las declaraciones médicas, los testimonios y los estudios con los cuales defiende su activismo anticarnívoro. Mucha de la información contenida en la cinta, de hecho, ha sido cuestionada en estos meses por una parte de la comunidad médica. Una de las comparaciones que más revuelo ha generado es aquella de que comer un huevo al día es tan malo como fumar cinco cigarrillos.What the Health abruma al espectador con ‘hechos’ alarmantes que no resisten ninguna investigación científica”, dijo recientemente la investigadora Alicia Howarth, de la Universidad de Liverpool, al diario The Times. Como ella, hay muchos otros expertos preocupados por las conclusiones a las que puedan llegar los espectadores más impresionables.

Respalda por estudios de Harvard, cuadros de la OMS, ilustraciones médicas y videos clandestinos sobre las condiciones insalubres de ciertos camales, la primera hora del largometraje está pensada para asegurarse de que la gente huya despavorida de cualquier steak house, pues el consumo de carne —según las evidencias que muestran— es el causante directo de la diabetes y de las enfermedades cardiovasculares. Frente a eso, entonces, ¿cuál es la alternativa en apariencia más sana, barata y recomendada para prevenir dichos males? En la siguiente y última media hora, Andersen y sus entrevistados resuelven esa duda con un ligero aire a programa de ofertas por televisión. Para mostrar que el veganismo, o una “dieta basada en plantas” como ellos lo llaman, es inmediatamente efectivo, se muestran testimonios casi milagrosos como el de Jane Chapman. Ella, una mujer de 61 años con osteoartritis en la cintura, da fe —nunca mejor dicho— de que hace dos semanas no podía dar ni un paso sin su andador pero ahora, luego de solo ingerir vegetales, camina ligera y rozagante.

“En los seres humanos, los dientes caninos se han vuelto muy pequeños. Son prácticamente inútiles para romper y arrancar otra cosa que no sea un sobre”, dice el Dr. Milton Mills, especialista en cuidados intensivos, para explicar que incluso nuestra anatomía está diseñada para masticar únicamente hierbas y no tejidos chiclosos. Pero con tantas y en teoría tan contundentes pruebas de que comer cualquier carne, incluida la de pescado, es el peor daño que podemos hacernos a nosotros mismos, ¿por qué demonios seguimos comprándola? Los dedos acusadores apuntan hacia la triada entre las corporaciones cárnicas, las farmacéuticas y las asociaciones de salud estadounidenses para quienes nuestras enfermedades son su olla de oro. Queda, sin embargo, una duda aún más preocupante: ¿este tipo de denuncias realmente nos benefician a los consumidores?, ¿o es que detrás de este ataque a un sector próspero está otro frotándose las manos, a la espera de que nuestra paranoia decida por nosotros?

*** Publicado en la Revista Babieca 20 (septiembre 2017).

María Tejada: cantar para vivir

“Si se calla el cantor, calla la vida porque la vida, la vida misma es todo un canto”.
Canción de Horacio Guarany, interpretada por Mercedes Sosa.

Esta mañana, en una sala de ensayo, Violeta Parra vuelve una vez más a sus die­cisiete. La canción suena pero la maestra, antes de llegar al coro, pausa la grabación y le dice a su alumna: “Escucha. ¿Qué es lo esencial? ¿Desde dónde crees que de­bes acercarte? ¿Desde la nostalgia, quizá? ¿Desde el remordimiento? ¿Qué te dice la letra? Escúchala. ¿A qué se refiere con este verso: ‘volver a ser, de repente, tan frágil como un segundo’? ¿Es subjetivo lo que intenta transmitir? Ella no se quería, no se aceptaba, y este es el canto a un recuerdo de algo que nunca va a volver. Escucha: ‘vol­ver a sentir profundo, como un niño frente a Dios’. ¿Lo notas? Esto es poesía. La letra, cuando cantas, tiene que estar muy pre­sente. Siente cada palabra, lee antes el texto completo. Fíjate, aquí hay alguien diciéndo­te cosas intensas. Escúchalas. Nosotros, los cantantes, tenemos ese poder: el poder de la palabra. Y tenemos que saber usarlo”.

La alumna, de pie junto al espejo de cuerpo entero de esta cuarto compacto, mordisquea la manga de su chompa y mira de frente a la profeso­ra. El silencio ha reventado en silencio y se ha propagado sobre el discreto piso alfombrado, alrededor de la radio vieja, los vasos desechables y las bolsitas de té; debajo de la silla plástica con cojín y en­cima del sintetizador en el que los dedos leves de María Tejada, la maestra, están también callados. La clase, después de que la alumna ha recibido su primera en­señanza de la sesión, continúa, a pesar de que ambas, por el frío quiteño de marzo, están resfriadas.

En una pared lateral de esta habita­ción sencilla en la que María dicta clases particulares de canto desde inicios de año, se ve un altar hecho con devoción adoles­cente. Impresas, recortadas y pegadas por ella misma, están las fotos de unas cuan­tas leyendas que siguen siendo su brúju­la: Sarah Vaughan, Ella Fitzgerald, Ismael Rivera, Mercedes Sosa, Maria Bethânia, Frank Sinatra, Rubén Blades, Chabuca Granda, Ibrahim Ferrer. María les habla de ellos a sus alumnos. De ellos y del dúo Benítez Valencia, de Carlota Jaramillo, de Álex Alvear, de Margarita Laso y de otros tantos cantores y compositores de nuestra nostalgia. Sus enseñanzas musicales se ba­san en esos referentes pero, sobre todo, en lo que aprendió durante los diez años que vivió en Francia, entre Thionville y Metz.

Fue allá, lejos de su país, donde María reafirmó su canto popular como una for­ma de vivir. De mantenerse con vida.

***

De niña, María se crio en un jardín secreto. Así le decía a la casa de sus abue­los paternos, Elvia Chávez y Leonardo Tejada, ambos pintores reconocidos. Allá iba todas las tardes, después de clases, a ser quien era: una niña silenciosa, solita­ria y observadora que tarareaba las can­ciones melancólicas que oía en la radio y que andaba por ahí, entre los sillones y las mesas, bailando consigo misma. Su abue­la Elvia, de hecho, fue la primera en darse cuenta de que su timidez no era otra cosa que sensibilidad. Cuando la niña tenía cuatro años, entonces, la inscribió en la Compañía Nacional de Danza y se encar­gó de los gastos. Siete años después, Ma­ría se acercó feliz a sus padres para con­tarles que había encontrado su vocación: quería ser bailarina profesional. Ellos, al escucharla, reaccionaron como se reacciona frente a una infección desbocada.

—Me dijeron no, no, no. Tú tienes que dedicarte solo a estudiar. Me truncaron sú­per feo— me cuenta María mientras esperamos en la cocina de su departamento, en La Flores­ta, a que el agua hierva para tomar té.

Nada pudo ni quiso hacer Elvia, por respeto a los padres de María, para que cam­biasen su decisión fulminante. Lo que ellos no pudieron evitar, sin embargo, fue que su hija continuara expuesta a la intensa radia­ción musical del jardín secreto. Allí, mientras sus abuelos pintaban, María se familiarizaba cada vez más con los pasillos, los tangos, los boleros y las zambas que cantaban. Su tía Susana, que también vivía ahí y cuidaba de Elvia y Leonardo, ponía en el tocadiscos los álbumes de bossa y música tradicional que había comprado cuando estudiaba en Brasil, y así calmaba sus saudades. En ese entorno de cantares al atardecer, María empezó a forjar su educación sentimental y a crear un vínculo orgánico y absoluto con la música.

***

Hasta ese entonces nunca antes ha­bía mostrado su voz, pero una mañana la profesora de música del colegio feme­nino Spellman, donde estudiaba, pidió a las alumnas que cantaran cualquier cosa para identificar las mejores voces, las más aptas para el coro. De las 40 adolescentes en el aula, casi todas levantaron la mano ense­guida para brillar primero. Encogida en su pupitre, María escuchaba cómo sus compa­ñeras alardeaban a cappella su desafinación. Entonces, un poco harta y un poco valiente, alzó su brazo y pidió su turno. Y lo que sin­tió en las entrañas al cantar en voz alta, fren­te a otros, fue algo parecido al alivio, a la fe, a la revancha, al destino abriéndose camino, diciendo —esta vez— que sí.

Los padres, sin embargo, aceptaron las ilusiones de la niña con una condición: si María, de once años, quería inscribirse en clases de canto, tendría que obtener siempre las mejores calificaciones en el colegio.

—Y eso fue lo que hice para que me de­jaran tranquila.

***

Para cuando entró a la Universidad San Francisco de Quito (USFQ) a estudiar Mar­keting —de nuevo: más por complacer a su familia que a sí misma—, llevaba ya al me­nos seis años de formación musical clásica. Había sido alumna, de los once a los catorce años, de la soprano chilena Blanca Hausser, y también de María Norero, su compatrio­ta, con la que compartió dos años más. El tenor ecuatoriano Alberto Negrón también fue su maestro por un año. Y toda esta for­mación —transcendente, vital, impecable— fue gracias a la complicidad y el mecenazgo de la misma mujer que, desde siempre, supo ver en ella a una artista: su abuela Elvia.

—Mi abuela siempre me apoyó energéti­ca, económica y corporalmente. Fue mi ma­dre. A ella le dediqué ‘Agüita de vieja’, una canción que compuse para mi segundo dis­co (Al cantar tus flores, 2008)”, me dice Ma­ría con esa voz suya tan ecualizada, como de locutora. Estamos en la sala de su casa, territorio de dinosaurios, tractores, sillitas y libros para colorear: los juguetes de su hijo Isaac, de seis años.

En la universidad, a la par que cursaba las materias de una de las carreras de moda en los noventa, tomaba además “clasecitas” de solfeo, entrenamiento auditivo, piano clásico y armonía: lecciones de una recién naciente facultad de Música. En esas pocas horas de clase empezó también a conocer a otros músicos, a acolitarles cantando los coros de sus canciones, a sacar aún más la voz y a soñar, ahora sí, con un viaje a Bra­sil o a Cuba, países con los que sentía una conexión íntima por la música que escuchó mientras crecía, para formarse como can­tante popular.

En 1998, cuando María Tejada se gra­duó de la USFQ con el honor magna cum laude por excelencia académica, se acercó donde sus padres, les entregó el diploma que tanto esperaban de ella y entonces, solo entonces, sintió que pisaba un verdadero punto de partida.

***

María tenía veintiún años, era una fla­mante markertera y trabajaba en una en­cuestadora para ahorrar dinero e irse a es­tudiar fuera. De repente, cuando estaba por cumplir seis meses de un encierro volunta­rio y sin remordimientos en una oficina, el cantautor quiteño Carlos Arboleda la invitó a interpretar sus canciones en Luxemburgo, un país pequeñito de Europa Central. “Yo ya había tocado con ella en el Festival OTI del 96 —me dice Carlos por teléfono— y por eso la llamé. María siempre me pare­ció una mujer fuerte, perseverante y, por supuesto, una gran intérprete”. Carlos había ido a Luxemburgo a visitar a su madre y, de paso, quería hacer una minigira por sus ciu­dades principales. La idea era quedarse tres meses, pero estos se hicieron seis, se hicie­ron ocho, se hicieron doce y María, sin pre­meditación, se quedó diez años en Europa.

En uno de los conciertos que dio junto a Carlos, en un bar, María conoció a Fabrice, un profesor francés de literatura del que se enamoró. Y el amor, como buen saboteador de planes que es, la llevó a vivir con Fabrice en Thionville, al noreste de Francia. A su lle­gada, a finales de 1998, para adaptarse me­jor y empezar a forjar una nueva vida junto a su esposo, María comenzó a buscar traba­jo en el área de marketing porque creyó que con su título le sería más fácil conseguirlo. (Inserte aquí, por favor, una X roja y titilante de Error). Mientras esperaba llamadas labo­rales que nunca llegaron, se inscribió —para no aburrirse y para no dejar de educarse— en el Conservatorio de Metz, a media hora de Thionville, al que asistió durante cuatro años solo los fines de semana. Y aunque la especialidad de canto en el Conservatorio era jazz, fue allí donde María profundizó como en ninguna otra parte en sus raíces musicales y empezó, canción tras canción, a componer su camino de regreso al Ecuador y a la música nacional.

—En una clase, mi maestra, Viviane Moscatelli, me enseñó una lección que me marcó. Me preguntó: ¿de dónde vienes? ¿Qué se escucha en tu país? ¿Conoces tu raíz? Utilízala, porque tu raíz te dará fuerza y autenticidad— me cuenta María tomando té y sol un lunes a mediodía. Cuando esta última revelación se hizo carne en ella, el resto fue solo cuestión de… trabajo. Traba­jo, trabajo y más trabajo.

Todo lo que María carga consigo desde el inicio de su historia está resumido en cerca de veinte años de carrera y ocho discos: Fá­bula (2006), Al cantar tus flores (2008), Una vez (2009), De alma y voces (2010), Noctur­nal (2011), Duetando (2012), Esencia (2014) y Canciones de bruma (2016). En cada uno de ellos, en compañía o en solitario, María ha combinado su bagaje lírico, jazzero y personal con las fibras finas del cancionero popular de su infancia y ha conseguido, de (trans)fusión en (trans)fusión, revestirlo con la originalidad propia del mestizaje.

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—No voy a decir, solamente por alimen­tar la historia, que la primera vez que la escuché me pareció increíble. Eran las dos de la mañana, estábamos en una jam y ha­bía muchas cervezas. La verdad es que ni siquiera me acuerdo de lo que cantó.

Quien me cuenta esto sin reírse dema­siado se llama Donald Régnier, es francés, es un guitarrista virtuoso, es el productor de los discos solistas de María y es, también, su pareja desde hace quince años. Cuando la conoció, en 1999, María se había divorcia­do de su primer esposo, se había mudado a Metz y había estado ganándose la vida como mejor podía: dando clases de baile de salsa, cantando música latinoamericana y jazz en bares, en bodas: acumulando horas sobre las tablas.

La música brasileña fue el primer idio­ma en el que lograron entenderse. Donald tenía un grupo que la tocaba porque estaba de moda y una noche, a último momento, la vocalista de su banda llamó para decir que no iría a la tocada. Donald entonces se acor­dó de la “chica latina” a la que había visto en el jam y le pidió que la reemplazara. La sintonía entre ambos fue tal que, dos meses después, María y Donald formaron el Dúo Iguazú, con el que desde hace dieciocho años han venido tocando su repertorio de músicas del mundo.

—Sobre música ecuatoriana, en cambio, no sabía mucho, salvo por los discos que María tenía en Francia. Y al escucharla me di cuenta de que hacía falta darle un sonido un poco más universal y no tan nacionalis­ta— dice Donald sin dudar. Para eso, para ex­plorar in situ las posibilidades de revestir las canciones locales con arreglos más globales, María y Donald vinieron a vivir a Quito en 2008. Ella volvió, además, para procesar un doloroso duelo postergado: la muerte de sus abuelos y de su tía, sin quienes María Tejada no sería María Tejada. Los tres fallecieron el mismo año, en 2005, y María no pudo estar aquí, junto a ellos, ni cuando empezaron a enfermarse ni cuando los enterraron. En la distancia, ninguna otra ausencia suya le costó tanto como esta.

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A lo largo del año pasado, María se en­frentó a lo que ella define como “un túnel de angustia psicológica”. Empezó a sentir dolo­res en su vientre bajo que al principio eran soportables y que, poco después, sobrepa­saron ese umbral benigno. Asustada, buscó un especialista, acudió a la cita y recibió una receta que, en apariencia, la curaría. El diag­nóstico fue que tenía una infección común de vías urinarias que desaparecería con an­tibióticos. Pasaron más de siete meses en los que María tomó pastillas y siguió las reco­mendaciones que le dieron, pero nada ami­noró las punzadas. Por eso, incluso, dejó de dar clases de canto en la San Francisco y en el Conservatorio Mozarte.

En noviembre sus colegas organizaron un concierto y le entregaron lo recaudado en taquilla. Con ese dinero, y como penúl­tima opción, María viajó a Metz para otro chequeo. El diagnóstico que recibió allá, sin embargo, fue aún más paralizante: “Usted tiene una enfermedad terminal y autoin­mune”. Devastada, María tomó el vuelo de regreso, llegó a su casa, buscó un ginecólogo especializado en la guía telefónica e intentó una última llamada. O había cura o había silencio por el resto de la vida. El doctor, esta vez, le reanimó el pulso: el diagnóstico anterior no había sido correcto. Lo que ella tiene en realidad es un problema crónico y tratable de vejiga que, de a poco, ha ido mejorando.

—Llevo ya casi un mes sin molestias y es­toy muy contenta. Nunca dejé de cantar, por suerte, porque la música siempre me ayuda a desconectarme del dolor— me dirá María días después de su concierto en el Teatro Variedades.

Entre junio y julio del año pasado, en medio del espanto y la incertidumbre por ese diagnóstico negligente, María grabó y lanzó Canciones de bruma, un disco de tangos, fados (cantados en portugués) y pasillos ejecutados solo con voz y guita­rras: clásica, melódica, acústica, buzuki griego y cavaquinho portugués. “El fado siempre me gustó. Siempre fue una cosa muy emocional. No fue para nada intelec­tual como llegó a mi vida. Fue más por esa identificación que tengo con el mar, que hace que me gusten mucho las canciones creadas cerca de los mares y los puertos”, explica María en el tráiler del álbum. El mar, para ella, es Manabí. Las vacaciones en la casa de sus abuelos maternos. La ple­nitud de mirar un horizonte sin un cerco montañoso.

En esta noche lluviosa, María y sus mú­sicos vinieron a presentar las quince cancio­nes del álbum en vivo. Donald Régnier y Horacio Valdivieso, los guitarristas, salen juntos al escenario. Ella entra enseguida, con un brilloso vestido negro soldado a su cuerpo delgado. Lleva el pelo rojizo recogi­do en un moño que, vaya coquetería, es el de una bailarina. Las luces, sobre el tablado, dan un último pestañeo lánguido. Ella avanza hacia el centro, escucha el rasgueo de las guitarras, cierra los ojos y acerca el micrófono hasta su garganta con arena. En los palcos, en las butacas y tras bastidores todo empieza a quedarse en silencio. Escu­char a María Tejada cantar es sentir que la vida puede ser armónica, que puede ser jus­ta, que puede ser bella.

*** Publicado en la edición 422 de la revista Mundo Diners.