Carne, demonio, ¿hummus?

He aquí otro documental gringo, angustioso y controversial sobre la salud. Se llama What the Health, está disponible en Netflix, fue producido por Joaquin Phoenix y sus directores son Keegan Kuhn y Kip Andersen, la misma dupla detrás de Cowspiracy (2014), ese piedrazo contra la industria ganadera y su desastroso impacto ambiental. Esta vez, las vacas vuelven a ser su target, pero ya sobre la parrilla. “La Organización Mundial de Salud (OMS) revisó 800 estudios, de 10 países diferentes, y encontró un vínculo directo entre el consumo de carne procesada y el cáncer colorectal”, dice Andersen durante los dos primeros minutos de la película y así, de entrada, establece un identikit de los potenciales y sabrosos enemigos del ser humano: las salchichas, el tocino, el jamón, los bifes, los chorizos y todo lo que sepa, huela o provenga de cualquier animal comestible. Vade retro parrillada completa.

Andersen, quien no fuma ni toma y se ejercita, reconoce también desde un inicio que él es un “hipocondríaco en recuperación”, y ese detalle es útil para saber cómo y con qué cuidado digerir las estadísticas, las declaraciones médicas, los testimonios y los estudios con los cuales defiende su activismo anticarnívoro. Mucha de la información contenida en la cinta, de hecho, ha sido cuestionada en estos meses por una parte de la comunidad médica. Una de las comparaciones que más revuelo ha generado es aquella de que comer un huevo al día es tan malo como fumar cinco cigarrillos.What the Health abruma al espectador con ‘hechos’ alarmantes que no resisten ninguna investigación científica”, dijo recientemente la investigadora Alicia Howarth, de la Universidad de Liverpool, al diario The Times. Como ella, hay muchos otros expertos preocupados por las conclusiones a las que puedan llegar los espectadores más impresionables.

Respalda por estudios de Harvard, cuadros de la OMS, ilustraciones médicas y videos clandestinos sobre las condiciones insalubres de ciertos camales, la primera hora del largometraje está pensada para asegurarse de que la gente huya despavorida de cualquier steak house, pues el consumo de carne —según las evidencias que muestran— es el causante directo de la diabetes y de las enfermedades cardiovasculares. Frente a eso, entonces, ¿cuál es la alternativa en apariencia más sana, barata y recomendada para prevenir dichos males? En la siguiente y última media hora, Andersen y sus entrevistados resuelven esa duda con un ligero aire a programa de ofertas por televisión. Para mostrar que el veganismo, o una “dieta basada en plantas” como ellos lo llaman, es inmediatamente efectivo, se muestran testimonios casi milagrosos como el de Jane Chapman. Ella, una mujer de 61 años con osteoartritis en la cintura, da fe —nunca mejor dicho— de que hace dos semanas no podía dar ni un paso sin su andador pero ahora, luego de solo ingerir vegetales, camina ligera y rozagante.

“En los seres humanos, los dientes caninos se han vuelto muy pequeños. Son prácticamente inútiles para romper y arrancar otra cosa que no sea un sobre”, dice el Dr. Milton Mills, especialista en cuidados intensivos, para explicar que incluso nuestra anatomía está diseñada para masticar únicamente hierbas y no tejidos chiclosos. Pero con tantas y en teoría tan contundentes pruebas de que comer cualquier carne, incluida la de pescado, es el peor daño que podemos hacernos a nosotros mismos, ¿por qué demonios seguimos comprándola? Los dedos acusadores apuntan hacia la triada entre las corporaciones cárnicas, las farmacéuticas y las asociaciones de salud estadounidenses para quienes nuestras enfermedades son su olla de oro. Queda, sin embargo, una duda aún más preocupante: ¿este tipo de denuncias realmente nos benefician a los consumidores?, ¿o es que detrás de este ataque a un sector próspero está otro frotándose las manos, a la espera de que nuestra paranoia decida por nosotros?

*** Publicado en la Revista Babieca 20 (septiembre 2017).

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María Tejada: cantar para vivir

“Si se calla el cantor, calla la vida porque la vida, la vida misma es todo un canto”.
Canción de Horacio Guarany, interpretada por Mercedes Sosa.

Esta mañana, en una sala de ensayo, Violeta Parra vuelve una vez más a sus die­cisiete. La canción suena pero la maestra, antes de llegar al coro, pausa la grabación y le dice a su alumna: “Escucha. ¿Qué es lo esencial? ¿Desde dónde crees que de­bes acercarte? ¿Desde la nostalgia, quizá? ¿Desde el remordimiento? ¿Qué te dice la letra? Escúchala. ¿A qué se refiere con este verso: ‘volver a ser, de repente, tan frágil como un segundo’? ¿Es subjetivo lo que intenta transmitir? Ella no se quería, no se aceptaba, y este es el canto a un recuerdo de algo que nunca va a volver. Escucha: ‘vol­ver a sentir profundo, como un niño frente a Dios’. ¿Lo notas? Esto es poesía. La letra, cuando cantas, tiene que estar muy pre­sente. Siente cada palabra, lee antes el texto completo. Fíjate, aquí hay alguien diciéndo­te cosas intensas. Escúchalas. Nosotros, los cantantes, tenemos ese poder: el poder de la palabra. Y tenemos que saber usarlo”.

La alumna, de pie junto al espejo de cuerpo entero de esta cuarto compacto, mordisquea la manga de su chompa y mira de frente a la profeso­ra. El silencio ha reventado en silencio y se ha propagado sobre el discreto piso alfombrado, alrededor de la radio vieja, los vasos desechables y las bolsitas de té; debajo de la silla plástica con cojín y en­cima del sintetizador en el que los dedos leves de María Tejada, la maestra, están también callados. La clase, después de que la alumna ha recibido su primera en­señanza de la sesión, continúa, a pesar de que ambas, por el frío quiteño de marzo, están resfriadas.

En una pared lateral de esta habita­ción sencilla en la que María dicta clases particulares de canto desde inicios de año, se ve un altar hecho con devoción adoles­cente. Impresas, recortadas y pegadas por ella misma, están las fotos de unas cuan­tas leyendas que siguen siendo su brúju­la: Sarah Vaughan, Ella Fitzgerald, Ismael Rivera, Mercedes Sosa, Maria Bethânia, Frank Sinatra, Rubén Blades, Chabuca Granda, Ibrahim Ferrer. María les habla de ellos a sus alumnos. De ellos y del dúo Benítez Valencia, de Carlota Jaramillo, de Álex Alvear, de Margarita Laso y de otros tantos cantores y compositores de nuestra nostalgia. Sus enseñanzas musicales se ba­san en esos referentes pero, sobre todo, en lo que aprendió durante los diez años que vivió en Francia, entre Thionville y Metz.

Fue allá, lejos de su país, donde María reafirmó su canto popular como una for­ma de vivir. De mantenerse con vida.

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De niña, María se crio en un jardín secreto. Así le decía a la casa de sus abue­los paternos, Elvia Chávez y Leonardo Tejada, ambos pintores reconocidos. Allá iba todas las tardes, después de clases, a ser quien era: una niña silenciosa, solita­ria y observadora que tarareaba las can­ciones melancólicas que oía en la radio y que andaba por ahí, entre los sillones y las mesas, bailando consigo misma. Su abue­la Elvia, de hecho, fue la primera en darse cuenta de que su timidez no era otra cosa que sensibilidad. Cuando la niña tenía cuatro años, entonces, la inscribió en la Compañía Nacional de Danza y se encar­gó de los gastos. Siete años después, Ma­ría se acercó feliz a sus padres para con­tarles que había encontrado su vocación: quería ser bailarina profesional. Ellos, al escucharla, reaccionaron como se reacciona frente a una infección desbocada.

—Me dijeron no, no, no. Tú tienes que dedicarte solo a estudiar. Me truncaron sú­per feo— me cuenta María mientras esperamos en la cocina de su departamento, en La Flores­ta, a que el agua hierva para tomar té.

Nada pudo ni quiso hacer Elvia, por respeto a los padres de María, para que cam­biasen su decisión fulminante. Lo que ellos no pudieron evitar, sin embargo, fue que su hija continuara expuesta a la intensa radia­ción musical del jardín secreto. Allí, mientras sus abuelos pintaban, María se familiarizaba cada vez más con los pasillos, los tangos, los boleros y las zambas que cantaban. Su tía Susana, que también vivía ahí y cuidaba de Elvia y Leonardo, ponía en el tocadiscos los álbumes de bossa y música tradicional que había comprado cuando estudiaba en Brasil, y así calmaba sus saudades. En ese entorno de cantares al atardecer, María empezó a forjar su educación sentimental y a crear un vínculo orgánico y absoluto con la música.

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Hasta ese entonces nunca antes ha­bía mostrado su voz, pero una mañana la profesora de música del colegio feme­nino Spellman, donde estudiaba, pidió a las alumnas que cantaran cualquier cosa para identificar las mejores voces, las más aptas para el coro. De las 40 adolescentes en el aula, casi todas levantaron la mano ense­guida para brillar primero. Encogida en su pupitre, María escuchaba cómo sus compa­ñeras alardeaban a cappella su desafinación. Entonces, un poco harta y un poco valiente, alzó su brazo y pidió su turno. Y lo que sin­tió en las entrañas al cantar en voz alta, fren­te a otros, fue algo parecido al alivio, a la fe, a la revancha, al destino abriéndose camino, diciendo —esta vez— que sí.

Los padres, sin embargo, aceptaron las ilusiones de la niña con una condición: si María, de once años, quería inscribirse en clases de canto, tendría que obtener siempre las mejores calificaciones en el colegio.

—Y eso fue lo que hice para que me de­jaran tranquila.

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Para cuando entró a la Universidad San Francisco de Quito (USFQ) a estudiar Mar­keting —de nuevo: más por complacer a su familia que a sí misma—, llevaba ya al me­nos seis años de formación musical clásica. Había sido alumna, de los once a los catorce años, de la soprano chilena Blanca Hausser, y también de María Norero, su compatrio­ta, con la que compartió dos años más. El tenor ecuatoriano Alberto Negrón también fue su maestro por un año. Y toda esta for­mación —transcendente, vital, impecable— fue gracias a la complicidad y el mecenazgo de la misma mujer que, desde siempre, supo ver en ella a una artista: su abuela Elvia.

—Mi abuela siempre me apoyó energéti­ca, económica y corporalmente. Fue mi ma­dre. A ella le dediqué ‘Agüita de vieja’, una canción que compuse para mi segundo dis­co (Al cantar tus flores, 2008)”, me dice Ma­ría con esa voz suya tan ecualizada, como de locutora. Estamos en la sala de su casa, territorio de dinosaurios, tractores, sillitas y libros para colorear: los juguetes de su hijo Isaac, de seis años.

En la universidad, a la par que cursaba las materias de una de las carreras de moda en los noventa, tomaba además “clasecitas” de solfeo, entrenamiento auditivo, piano clásico y armonía: lecciones de una recién naciente facultad de Música. En esas pocas horas de clase empezó también a conocer a otros músicos, a acolitarles cantando los coros de sus canciones, a sacar aún más la voz y a soñar, ahora sí, con un viaje a Bra­sil o a Cuba, países con los que sentía una conexión íntima por la música que escuchó mientras crecía, para formarse como can­tante popular.

En 1998, cuando María Tejada se gra­duó de la USFQ con el honor magna cum laude por excelencia académica, se acercó donde sus padres, les entregó el diploma que tanto esperaban de ella y entonces, solo entonces, sintió que pisaba un verdadero punto de partida.

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María tenía veintiún años, era una fla­mante markertera y trabajaba en una en­cuestadora para ahorrar dinero e irse a es­tudiar fuera. De repente, cuando estaba por cumplir seis meses de un encierro volunta­rio y sin remordimientos en una oficina, el cantautor quiteño Carlos Arboleda la invitó a interpretar sus canciones en Luxemburgo, un país pequeñito de Europa Central. “Yo ya había tocado con ella en el Festival OTI del 96 —me dice Carlos por teléfono— y por eso la llamé. María siempre me pare­ció una mujer fuerte, perseverante y, por supuesto, una gran intérprete”. Carlos había ido a Luxemburgo a visitar a su madre y, de paso, quería hacer una minigira por sus ciu­dades principales. La idea era quedarse tres meses, pero estos se hicieron seis, se hicie­ron ocho, se hicieron doce y María, sin pre­meditación, se quedó diez años en Europa.

En uno de los conciertos que dio junto a Carlos, en un bar, María conoció a Fabrice, un profesor francés de literatura del que se enamoró. Y el amor, como buen saboteador de planes que es, la llevó a vivir con Fabrice en Thionville, al noreste de Francia. A su lle­gada, a finales de 1998, para adaptarse me­jor y empezar a forjar una nueva vida junto a su esposo, María comenzó a buscar traba­jo en el área de marketing porque creyó que con su título le sería más fácil conseguirlo. (Inserte aquí, por favor, una X roja y titilante de Error). Mientras esperaba llamadas labo­rales que nunca llegaron, se inscribió —para no aburrirse y para no dejar de educarse— en el Conservatorio de Metz, a media hora de Thionville, al que asistió durante cuatro años solo los fines de semana. Y aunque la especialidad de canto en el Conservatorio era jazz, fue allí donde María profundizó como en ninguna otra parte en sus raíces musicales y empezó, canción tras canción, a componer su camino de regreso al Ecuador y a la música nacional.

—En una clase, mi maestra, Viviane Moscatelli, me enseñó una lección que me marcó. Me preguntó: ¿de dónde vienes? ¿Qué se escucha en tu país? ¿Conoces tu raíz? Utilízala, porque tu raíz te dará fuerza y autenticidad— me cuenta María tomando té y sol un lunes a mediodía. Cuando esta última revelación se hizo carne en ella, el resto fue solo cuestión de… trabajo. Traba­jo, trabajo y más trabajo.

Todo lo que María carga consigo desde el inicio de su historia está resumido en cerca de veinte años de carrera y ocho discos: Fá­bula (2006), Al cantar tus flores (2008), Una vez (2009), De alma y voces (2010), Noctur­nal (2011), Duetando (2012), Esencia (2014) y Canciones de bruma (2016). En cada uno de ellos, en compañía o en solitario, María ha combinado su bagaje lírico, jazzero y personal con las fibras finas del cancionero popular de su infancia y ha conseguido, de (trans)fusión en (trans)fusión, revestirlo con la originalidad propia del mestizaje.

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—No voy a decir, solamente por alimen­tar la historia, que la primera vez que la escuché me pareció increíble. Eran las dos de la mañana, estábamos en una jam y ha­bía muchas cervezas. La verdad es que ni siquiera me acuerdo de lo que cantó.

Quien me cuenta esto sin reírse dema­siado se llama Donald Régnier, es francés, es un guitarrista virtuoso, es el productor de los discos solistas de María y es, también, su pareja desde hace quince años. Cuando la conoció, en 1999, María se había divorcia­do de su primer esposo, se había mudado a Metz y había estado ganándose la vida como mejor podía: dando clases de baile de salsa, cantando música latinoamericana y jazz en bares, en bodas: acumulando horas sobre las tablas.

La música brasileña fue el primer idio­ma en el que lograron entenderse. Donald tenía un grupo que la tocaba porque estaba de moda y una noche, a último momento, la vocalista de su banda llamó para decir que no iría a la tocada. Donald entonces se acor­dó de la “chica latina” a la que había visto en el jam y le pidió que la reemplazara. La sintonía entre ambos fue tal que, dos meses después, María y Donald formaron el Dúo Iguazú, con el que desde hace dieciocho años han venido tocando su repertorio de músicas del mundo.

—Sobre música ecuatoriana, en cambio, no sabía mucho, salvo por los discos que María tenía en Francia. Y al escucharla me di cuenta de que hacía falta darle un sonido un poco más universal y no tan nacionalis­ta— dice Donald sin dudar. Para eso, para ex­plorar in situ las posibilidades de revestir las canciones locales con arreglos más globales, María y Donald vinieron a vivir a Quito en 2008. Ella volvió, además, para procesar un doloroso duelo postergado: la muerte de sus abuelos y de su tía, sin quienes María Tejada no sería María Tejada. Los tres fallecieron el mismo año, en 2005, y María no pudo estar aquí, junto a ellos, ni cuando empezaron a enfermarse ni cuando los enterraron. En la distancia, ninguna otra ausencia suya le costó tanto como esta.

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A lo largo del año pasado, María se en­frentó a lo que ella define como “un túnel de angustia psicológica”. Empezó a sentir dolo­res en su vientre bajo que al principio eran soportables y que, poco después, sobrepa­saron ese umbral benigno. Asustada, buscó un especialista, acudió a la cita y recibió una receta que, en apariencia, la curaría. El diag­nóstico fue que tenía una infección común de vías urinarias que desaparecería con an­tibióticos. Pasaron más de siete meses en los que María tomó pastillas y siguió las reco­mendaciones que le dieron, pero nada ami­noró las punzadas. Por eso, incluso, dejó de dar clases de canto en la San Francisco y en el Conservatorio Mozarte.

En noviembre sus colegas organizaron un concierto y le entregaron lo recaudado en taquilla. Con ese dinero, y como penúl­tima opción, María viajó a Metz para otro chequeo. El diagnóstico que recibió allá, sin embargo, fue aún más paralizante: “Usted tiene una enfermedad terminal y autoin­mune”. Devastada, María tomó el vuelo de regreso, llegó a su casa, buscó un ginecólogo especializado en la guía telefónica e intentó una última llamada. O había cura o había silencio por el resto de la vida. El doctor, esta vez, le reanimó el pulso: el diagnóstico anterior no había sido correcto. Lo que ella tiene en realidad es un problema crónico y tratable de vejiga que, de a poco, ha ido mejorando.

—Llevo ya casi un mes sin molestias y es­toy muy contenta. Nunca dejé de cantar, por suerte, porque la música siempre me ayuda a desconectarme del dolor— me dirá María días después de su concierto en el Teatro Variedades.

Entre junio y julio del año pasado, en medio del espanto y la incertidumbre por ese diagnóstico negligente, María grabó y lanzó Canciones de bruma, un disco de tangos, fados (cantados en portugués) y pasillos ejecutados solo con voz y guita­rras: clásica, melódica, acústica, buzuki griego y cavaquinho portugués. “El fado siempre me gustó. Siempre fue una cosa muy emocional. No fue para nada intelec­tual como llegó a mi vida. Fue más por esa identificación que tengo con el mar, que hace que me gusten mucho las canciones creadas cerca de los mares y los puertos”, explica María en el tráiler del álbum. El mar, para ella, es Manabí. Las vacaciones en la casa de sus abuelos maternos. La ple­nitud de mirar un horizonte sin un cerco montañoso.

En esta noche lluviosa, María y sus mú­sicos vinieron a presentar las quince cancio­nes del álbum en vivo. Donald Régnier y Horacio Valdivieso, los guitarristas, salen juntos al escenario. Ella entra enseguida, con un brilloso vestido negro soldado a su cuerpo delgado. Lleva el pelo rojizo recogi­do en un moño que, vaya coquetería, es el de una bailarina. Las luces, sobre el tablado, dan un último pestañeo lánguido. Ella avanza hacia el centro, escucha el rasgueo de las guitarras, cierra los ojos y acerca el micrófono hasta su garganta con arena. En los palcos, en las butacas y tras bastidores todo empieza a quedarse en silencio. Escu­char a María Tejada cantar es sentir que la vida puede ser armónica, que puede ser jus­ta, que puede ser bella.

*** Publicado en la edición 422 de la revista Mundo Diners.

No hay poesía sino en la vida

Quizá hay que ver Paterson al menos un par de veces. Quizá eso sea necesario para deshojar su aparente simplicidad. Sucede con ciertas canciones, con ciertos poemas, con ciertos paisajes: los revisitamos a menudo porque, cada vez que sentimos su pulso, nos confirman las certezas que andábamos buscando. En la cinta más reciente del director y guionista estadounidense Jim Jarmusch –ese apóstol canoso y con gafas del cine independiente–, las verdades en apariencia nimias, reconocibles y hasta un poco cursis que revela adquieren un peso emocional tan reconfortante y pertinente para estos tiempos de apetito apurado. Jarmusch ha hecho una película que es una oda a las pequeñas cosas, al discurrir sereno y sin mayor pirotecnia de los días, a la paciencia que demandan por igual la construcción de un verso y la conducción de un bus, y a las rutinas inofensivas que, pese a su utilidad cotidiana, siempre son tan mal vistas. “Este es el antídoto contra las películas que están llenas de acción, caos y crisis”.

La reflexión le pertenece a Adam Driver, el actor que encarna al adorable Paterson, uno de los tres protagonistas. Paterson nació en la ciudad homónima y es un conductor de bus que, en su hora de almuerzo y en otros ratos libres, escribe poesía en su “cuaderno secreto de notas”. Para inspirarse, usualmente va a un sitio desde donde ve la caída briosa de las cataratas del río Passaic. Otras veces repasa mentalmente sus versos sin rima mientras recoge y deja pasajeros por las calles angostas y soleadas de los barrios. En esos recorridos, además, Paterson se dedica a un hábito cada vez más relegado: escuchar, prestar atención a la palabra de los otros. “Es muy valiente por parte de Jim –ha reconocido Driver– pensar que un personaje cuya actividad principal es escuchar es lo suficientemente cinematográfico”. Y sin duda lo es. Aunque apenas distingue a sus pasajeros por el retrovisor, Paterson captura con genuino interés los fragmentos de esas conversaciones ajenas en las que, sin filtros ni hashtags ni etiquetas, se van compartiendo los sueños, las angustias, las dudas y las esperanzas que nos configuran como humanos, demasiado humanos.

Cada tarde, cuando su turno ha terminado, Paterson vuelve a pie a su casa y, antes de dormir, cierra la jornada con los mismos tres rituales de siempre: cenar con Laura, su chica soñada y soñadora, sacar de paseo a Marvin, el bulldog celoso que funge de mascota, y tomar una cerveza fría en el bar esquinero de Doc. Laura, interpretada por la encantadora Golshifteh Farahani, tiene una fijación particular: colorea todo con distintos patrones en blanco y negro. Así redecora la cortina del baño, la puerta del dormitorio, la tapicería de los muebles y hasta sus vestidos. Así se entretiene hasta que Paterson regrese. Algunos espectadores han señalado que ese rol ingenuo y doméstico de Laura no es digno de un personaje de Jarmusch, pero la intención del cineasta más bien parece ser la de presentarnos a dos personas que están tranquilas con los que son y que no se juzgan a sí mismas. Y a Laura, es más, le sobran propósitos y convicciones. Ella planea triunfar con la venta de sus cupcakes, confía en que será una estrella del country y está convencida de que la poesía intimista de Paterson, escondida entre las tapas de un cuaderno sin candado, merece ser leída por todos.

Jarmusch, en cambio, piensa lo mismo sobre la obra de William Carlos Williams, la inspiración de este tributo cinematográfico. Considerado uno de los poetas estadounidenses más innovadores del siglo XX, entre 1946 y 1958 Williams publicó los cinco tomos de un poema épico dedicado a la ciudad de Paterson en el que, al igual que en esta historia, aparecen “un hombre como una ciudad y una mujer como una flor, que están enamorados”. Otro de sus versos, uno de los más citados y memorables, ocupa un rincón en el muro de la fama del bar de Doc: “no hay ideas sino en las cosas”. Allí, en ese lugar de luces de neón y mesas de billar, no hay televisores ni celulares ni Wi-Fi. Allí, haciéndose compañía entre todos, están un barman que juega ajedrez contra sí mismo, un actor que intenta suicidarse con balas de esponja, una mujer decepcionada en pleno rescate de su dignidad y un chofer sensible que, luego de observarlo todo y a todos, regresa a su casa a descansar. Mañana seguirá con su tarea noble y necesarísima: celebrar con un poema la belleza discreta de los fósforos, que tanta luz nos dan.

*** Publicado en la edición de agosto de revista Babieca.

Aquí se hace el amor

De Te Faruru heredé un hábito provechoso. Después de haberla disfrutado, me quedé con una costumbre aprendida en sus páginas: cada vez que leo un verso, un párrafo o una idea conmovedora, dibujo a su lado una cara triste con una lágrima resbalosa; a las caritas felices, que suelen ser menos, las ubico donde amerita. Después de haberla subrayado con lápices de colores y de haberla anotado sin autocensurarme por miedo a posteriores juicios eruditos, he vuelto también —o al menos eso creo— a conversar mejor con los textos. Y ese diálogo extendido con los autores y sus mundos, antes tan tímido y borroso y ahora tan desparpajado y placentero, se lo debo en parte a esta novela corta de Salvador Izquierdo (pseudónimo de Jorge Izquierdo), finalista del Premio Herralde de Novela 2015.

Leerla es jugar. El juego consiste en “conectar los puntos para formar una figura que en un principio se oculta”. Mediante “parrafitos” fragmentarios, en la línea estilística del escritor estadounidense David Markson, Izquierdo traza un itinerario inexplorado, graciosísimo y tierno de coincidencias biográficas y creativas entre artistas —muralistas, poetas, actrices, músicos, críticos de arte— de los dos últimos siglos. En clave de broma, chisme, dato enciclopédico, fracción de memoria colectiva o de signo tragicómico —según se quiera leer —, el lector se va enterando sobre el patrón inevitable de calvicie entre escritores de distintas épocas y latitudes (Michaux y Onetti, por ejemplo), sobre los lazos inventivos entre W.G. Sebald y Torres-García, sobre la amnesia irónica de Larkin cuando le preguntaron por Borges, sobre la precariedad temporal en la que vivió Anäis Nin (“soy dueña de dos pares de medias”) y sobre una infinidad de detalles de esas vidas desmoldadas y en ebullición. Y lo más divertido es que uno, a medida que lee, va estableciendo sus propias conexiones literarias, sentimentales.

Al igual que en Una comunidad abstracta (Cadaver Exquisito, 2015), su novela anterior, Izquierdo se vale de la técnica de ensamblaje del collage para narrar. “Te Faruru tiene una cualidad plástica, tiene algo de boceto, de trazo, de dibujo. Yo mismo me he convertido en un artista visual”, dijo el escritor en una entrevista con la revista Mundo Diners. De ahí se explica que gran parte de las referencias del texto sean, sobre todo, pictóricas. El nombre mismo de la novela retoma el título de una serie de grabados hechos por Gaugin entre 1894 y 1895, y cuyo significado “resulta ser lo contrario de la masturbación”. El constructivismo y el esterismo, movimientos artísticos de vanguardia en el Montevideo de los años 30 y 40, ocupan además buena parte de esta obra que, a momentos, parece el brillante diario/cuaderno de notas de un metódico entusiasta de la pintura, la música, el cine, la literatura y la crítica de arte.

He de agradecerle a Izquierdo ese apasionamiento contagioso, pues gracias a él llegué a conocer la maestría alucinante de Juan Manuel Blanes, de Julio González, de Marosa di Giorgio y de otros tantos referentes suyos que ahora, por fortuna, también son míos y lo serán de otros 😉 . Y he de agradecerle, también, por haber logrado que los pies de página sean elementos textuales más cercanos al amor que al aburrimiento. Como este, por ejemplo, al que es imposible no garabatearle un emoticón de corazón al final: “Mi abuelita Teresa, poeta y escritora de relatos infantiles, madre de cinco, uno de los cuales falleció en un accidente horrible cuando era apenas un bebé y se llama Jorge, Jorgito. Todo el tiempo que yo la conocí ella guardaba esa pena dentro. Pero rara vez lo manifestó frente a mí. Al contrario, siempre que me veía se encantaba con tenerme cerca y, hasta el final, sentía orgullo por mí, me alentaba, creía en las cosas que le contaba. Yo nunca supe qué hacer con todo ese amor”. ♥

*** Publicado en el número 208 de la revista Letras del Ecuador.

Oprímanse los unos a los otros

Rana y Emad son una pareja joven de actores de teatro. Viven en Teherán, en un departamento hippie chic desbordado de libros, sin niños, sin mascotas y con un retrato en blanco y negro de Audrey Hepburn en el piso, sin colgar. Una noche, mientras duermen, la oscuridad se llena de gritos. El edificio donde viven no para de temblar y los vecinos han empezado a correr escaleras abajo, cargando a sus niños asustados y somnolientos. No se escuchan bombas ni aviones, tan solo el estruendo metálico de una máquina que cava la tierra del terreno adyacente: el progreso, se sabe, suele erigirse sobre las ruinas de otros. Al igual que el resto, Rana y Emad abandonan su casa, quizá por una temporada, quizá definitivamente. En las películas del director iraní Asghar Farhadi, la claridad llega únicamente cuando todas las grietas terminan de abrirse.

The Salesman, ganadora del Oscar 2017 a Mejor Película Extranjera, narra las alteraciones que ese cambio de domicilio, en apariencia inofensivo, genera en la vida de pareja de sus protagonistas. Mientras Rana y Emad buscan otro sitio para alojarse, el show debe continuar: en pocos días estrenarán una adaptación de la obra Death of a Salesman, del dramaturgo estadounidense Arthur Miller, en la que interpretan a Willy y Linda Loman, un matrimonio entre un hombre fracasado y una mujer anulada. Muchos han señalado que esta pieza, ganadora del Pulitzer en 1949, es un alegato contra el sueño americano. En una entrevista de la época, sin embargo, Miller dijo que su historia habla, sobre todo, “de la violencia en el seno de las familias”. No es casual, entonces, que Farhadi cuente en paralelo lo que sucede dentro y fuera del escenario, pues entre ambos relatos se va estableciendo un juego de espejos perturbador. Perturbador y tensionante.

Antes de entrar a la ducha del modesto departamento que un colega suyo les prestó, Rana escucha el timbre del citófono, se acerca, lo descuelga y, sin preguntar quién es, abre la puerta. Emad, hace un rato, la llamó a avisarle que estaba por llegar. Pero no es él quien avanza hasta el baño donde ella, con los ojos cerrados, está lavándose el pelo. A partir de ese instante, la cinta se vuelve un thriller de arquitectura milimétrica en el que todas las trampas y todas las pistas están donde deben estar. Por los dibujos a crayón en la pared y por los zapatos y los vestidos en el clóset sabemos que allí, donde se mudaron, vivía una mujer junto a su hijo pequeño. Los vecinos revelan que, además, la visitaban muchos hombres; demasiados para su gusto. Esta vez, el pasado controvertido de la anterior inquilina agitará las bases endebles de la relación entre Emad y Rana, y ella, sobre todo, acusará un golpe y varias sospechas inmerecidas.

Así como en A separation (ganadora del Oscar a Mejor Película Extranjera en 2012), en The Salesman Farhadi se vale del conflicto doméstico entre sus personajes para exponer, con sutil descaro, la opresión moral de su país. En sociedades como la iraní, las imposiciones patriarcales y los valores religiosos son tan ubicuos que, incluso, infectan el ambiente artístico. Por más que Emad pertenezca a un un círculo en teoría más liberal y progre, sus decisiones estarán mediadas por esos filtros dogmáticos y por sus impulsos más radicales. ¿O acaso no es machista e irracional la forma en la que él, después de saber que su esposa ha sido agredida por un extraño, intenta vengarla? ¿Vengarla a ella o vengar su honra masculina? Cada uno de los involucrados, al final, tendrá que escoger con qué carga está más dispuesto a convivir: la culpa, la rabia o la vergüenza absoluta.

*** Publicado en la edición de junio de la revista Babieca (Ecuador).