Aquí se hace el amor

De Te Faruru heredé un hábito provechoso. Después de haberla disfrutado, me quedé con una costumbre aprendida en sus páginas: cada vez que leo un verso, un párrafo o una idea conmovedora, dibujo a su lado una cara triste con una lágrima resbalosa; a las caritas felices, que suelen ser menos, las ubico donde amerita. Después de haberla subrayado con lápices de colores y de haberla anotado sin autocensurarme por miedo a posteriores juicios eruditos, he vuelto también —o al menos eso creo— a conversar mejor con los textos. Y ese diálogo extendido con los autores y sus mundos, antes tan tímido y borroso y ahora tan desparpajado y placentero, se lo debo en parte a esta novela corta de Salvador Izquierdo (pseudónimo de Jorge Izquierdo), finalista del Premio Herralde de Novela 2015.

Leerla es jugar. El juego consiste en “conectar los puntos para formar una figura que en un principio se oculta”. Mediante “parrafitos” fragmentarios, en la línea estilística del escritor estadounidense David Markson, Izquierdo traza un itinerario inexplorado, graciosísimo y tierno de coincidencias biográficas y creativas entre artistas —muralistas, poetas, actrices, músicos, críticos de arte— de los dos últimos siglos. En clave de broma, chisme, dato enciclopédico, fracción de memoria colectiva o de signo tragicómico —según se quiera leer —, el lector se va enterando sobre el patrón inevitable de calvicie entre escritores de distintas épocas y latitudes (Michaux y Onetti, por ejemplo), sobre los lazos inventivos entre W.G. Sebald y Torres-García, sobre la amnesia irónica de Larkin cuando le preguntaron por Borges, sobre la precariedad temporal en la que vivió Anäis Nin (“soy dueña de dos pares de medias”) y sobre una infinidad de detalles de esas vidas desmoldadas y en ebullición. Y lo más divertido es que uno, a medida que lee, va estableciendo sus propias conexiones literarias, sentimentales.

Al igual que en Una comunidad abstracta (Cadaver Exquisito, 2015), su novela anterior, Izquierdo se vale de la técnica de ensamblaje del collage para narrar. “Te Faruru tiene una cualidad plástica, tiene algo de boceto, de trazo, de dibujo. Yo mismo me he convertido en un artista visual”, dijo el escritor en una entrevista con la revista Mundo Diners. De ahí se explica que gran parte de las referencias del texto sean, sobre todo, pictóricas. El nombre mismo de la novela retoma el título de una serie de grabados hechos por Gaugin entre 1894 y 1895, y cuyo significado “resulta ser lo contrario de la masturbación”. El constructivismo y el esterismo, movimientos artísticos de vanguardia en el Montevideo de los años 30 y 40, ocupan además buena parte de esta obra que, a momentos, parece el brillante diario/cuaderno de notas de un metódico entusiasta de la pintura, la música, el cine, la literatura y la crítica de arte.

He de agradecerle a Izquierdo ese apasionamiento contagioso, pues gracias a él llegué a conocer la maestría alucinante de Juan Manuel Blanes, de Julio González, de Marosa di Giorgio y de otros tantos referentes suyos que ahora, por fortuna, también son míos y lo serán de otros 😉 . Y he de agradecerle, también, por haber logrado que los pies de página sean elementos textuales más cercanos al amor que al aburrimiento. Como este, por ejemplo, al que es imposible no garabatearle un emoticón de corazón al final: “Mi abuelita Teresa, poeta y escritora de relatos infantiles, madre de cinco, uno de los cuales falleció en un accidente horrible cuando era apenas un bebé y se llama Jorge, Jorgito. Todo el tiempo que yo la conocí ella guardaba esa pena dentro. Pero rara vez lo manifestó frente a mí. Al contrario, siempre que me veía se encantaba con tenerme cerca y, hasta el final, sentía orgullo por mí, me alentaba, creía en las cosas que le contaba. Yo nunca supe qué hacer con todo ese amor”. ♥

*** Publicado en el número 208 de la revista Letras del Ecuador.

Oprímanse los unos a los otros

Rana y Emad son una pareja joven de actores de teatro. Viven en Teherán, en un departamento hippie chic desbordado de libros, sin niños, sin mascotas y con un retrato en blanco y negro de Audrey Hepburn en el piso, sin colgar. Una noche, mientras duermen, la oscuridad se llena de gritos. El edificio donde viven no para de temblar y los vecinos han empezado a correr escaleras abajo, cargando a sus niños asustados y somnolientos. No se escuchan bombas ni aviones, tan solo el estruendo metálico de una máquina que cava la tierra del terreno adyacente: el progreso, se sabe, suele erigirse sobre las ruinas de otros. Al igual que el resto, Rana y Emad abandonan su casa, quizá por una temporada, quizá definitivamente. En las películas del director iraní Asghar Farhadi, la claridad llega únicamente cuando todas las grietas terminan de abrirse.

The Salesman, ganadora del Oscar 2017 a Mejor Película Extranjera, narra las alteraciones que ese cambio de domicilio, en apariencia inofensivo, genera en la vida de pareja de sus protagonistas. Mientras Rana y Emad buscan otro sitio para alojarse, el show debe continuar: en pocos días estrenarán una adaptación de la obra Death of a Salesman, del dramaturgo estadounidense Arthur Miller, en la que interpretan a Willy y Linda Loman, un matrimonio entre un hombre fracasado y una mujer anulada. Muchos han señalado que esta pieza, ganadora del Pulitzer en 1949, es un alegato contra el sueño americano. En una entrevista de la época, sin embargo, Miller dijo que su historia habla, sobre todo, “de la violencia en el seno de las familias”. No es casual, entonces, que Farhadi cuente en paralelo lo que sucede dentro y fuera del escenario, pues entre ambos relatos se va estableciendo un juego de espejos perturbador. Perturbador y tensionante.

Antes de entrar a la ducha del modesto departamento que un colega suyo les prestó, Rana escucha el timbre del citófono, se acerca, lo descuelga y, sin preguntar quién es, abre la puerta. Emad, hace un rato, la llamó a avisarle que estaba por llegar. Pero no es él quien avanza hasta el baño donde ella, con los ojos cerrados, está lavándose el pelo. A partir de ese instante, la cinta se vuelve un thriller de arquitectura milimétrica en el que todas las trampas y todas las pistas están donde deben estar. Por los dibujos a crayón en la pared y por los zapatos y los vestidos en el clóset sabemos que allí, donde se mudaron, vivía una mujer junto a su hijo pequeño. Los vecinos revelan que, además, la visitaban muchos hombres; demasiados para su gusto. Esta vez, el pasado controvertido de la anterior inquilina agitará las bases endebles de la relación entre Emad y Rana, y ella, sobre todo, acusará un golpe y varias sospechas inmerecidas.

Así como en A separation (ganadora del Oscar a Mejor Película Extranjera en 2012), en The Salesman Farhadi se vale del conflicto doméstico entre sus personajes para exponer, con sutil descaro, la opresión moral de su país. En sociedades como la iraní, las imposiciones patriarcales y los valores religiosos son tan ubicuos que, incluso, infectan el ambiente artístico. Por más que Emad pertenezca a un un círculo en teoría más liberal y progre, sus decisiones estarán mediadas por esos filtros dogmáticos y por sus impulsos más radicales. ¿O acaso no es machista e irracional la forma en la que él, después de saber que su esposa ha sido agredida por un extraño, intenta vengarla? ¿Vengarla a ella o vengar su honra masculina? Cada uno de los involucrados, al final, tendrá que escoger con qué carga está más dispuesto a convivir: la culpa, la rabia o la vergüenza absoluta.

*** Publicado en la edición de junio de la revista Babieca (Ecuador).

Otro más, uno menos

A Daniel Zamudio, una noche, lo persiguieron cuatro matones. Cuatro neonazis que descargaron su odio tan bestia sobre ese chico tan vaporoso, de pantalón tan apretado, de vocecita tan poco varonil. Lo tiraron al piso en el interior de un parque de Santiago, le lanzaron piedras y, enfurecidos por la quemazón de los tragos, lo patearon hasta volverlo un bulto sofocado en llanto, en gritos, en sangre. Después agarraron el pico de una botella y le marcaron el abdomen con una esvástica infame. A Pablo, uno de los personajes de Nunca vas estar solo, la ópera prima del brillante músico chileno Álex Anwandter, le sucede prácticamente lo mismo: golpes, fierrazos, insultos y escupitajos sobre su cuerpo fleto. A Pablo, así como a Daniel, lo atacan por ensayar coreos, por estar pendiente de la vida de Britney Spears, por teñirse de rubia, por dejarse penetrar. Por ser, exponencialmente, maricón. Demasiado maricón.

Nunca vas a estar solo se estrenó en noviembre de 2016, seis meses después del lanzamiento de ese otro manifiesto de neón de Anwandter: Amiga, su agitador segundo disco solista. Inspirada –que no basada– en el asesinato homofóbico de Zamudio, la cinta parte de ese hecho repudiable para exponer otras formas veladas y estructurales de violencia, propias de las aldeas con complejo de urbes. Juan (Sergio Hernández: justo en su contención), un obrero optimista y patriota, dedica sus años prejubilares a empujar la fábrica de maniquíes en la que ha trabajado por años y en la que nunca ha ascendido a un cargo gerencial. Allí va todos los días a verificar que sus chicas plásticas no tengan rayones ni miradas muy perdidas. Pablo (Andrew Bargsted: aplausos), mientras su padre no está, se encierra en su cuarto: su refugio, su discoteca, su escenario. De pie frente al espejo, la niña –como lo apodan en el vecindario– se expande en la atmósfera estéreo de la radio y bolerea con el corazón tan magullado como el de Gatica. En pocos días audicionará para un show drag.

Padre e hijo viven juntos en un barrio popular del Santiago grisáceo, aséptico e industrial que Anwandter retrata en planos abiertos. Sus vecinos son Lucy, la vecina metiche e imprudente, y su sobrino Félix, un cabro de ceño embravecido que a la vista de todos copia la hostilidad de los machitos del barrio, pero que a escondidas se derrama con placer dentro de Pablo. Los tipos con los que Félix se relaciona son bullies preocupados únicamente en henchir su masculinidad a punta de polvos itinerantes con chiquillas ilusas. Ellos, sabuesos entrenados en el estereotipo, huelen a esquinas de distancia esas otras corporalidades etéreas, mariposonas, emancipadas, y se empecinan en enderezarlas a puñetazos, a palazos y a vista y paciencia de un sistema judicial que no hace más que santiguarse frente al cadáver insignificante de otro mariconcito, de uno más.

Pero no solo los jueces son laxos e inhumanos frente a la violencia. Desde el momento en que Pablo entra en coma al hospital, Juan —que a su manera trató de entender a su hijo desde esa vez en que notó cómo torcía la manito en una foto de cumpleaños—, también tiene que enfrentar la mezquindad inoperante del sistema de salud privado al que, sin retraso, destina cuotas. Si el cliente no tiene “pinta de gringo”, si no conduce un BMW, si no es dueño de una compañía o ahijado del ministro, no accederá por igual a los beneficios médicos, legales y de trato que sí reciben los otros. Pasa en Chile, pasa en Brasil, pasa en Ecuador. En sociedades como las nuestras basta con portar una diferencia –de género, de clase, estética o de origen– para que las ondas expansivas de la discriminación, solapadas en las jerarquías de un sistema injusto, se activen a conveniencia.


*** Publicado en la plataforma de cine Recodo.

Internet: ensueño y pesadilla

En enero de 2016, en una entrevista con El País y con 90 años recién cumplidos, el sociólogo polaco Zygmunt Bauman lanzó una advertencia que, por reiterada, pasó desapercibida: “Las redes sociales son muy útiles, dan servicios muy placenteros, pero son una trampa”. Lo sean o no, al resto del mundo parece no importarle: Facebook, por ejemplo, está por alcanzar los 2 000 millones de usuarios. Además de para consumir nuestra dosis diaria de likes, chismes y memes, desde hace unos años acá utilizamos Internet para casi todo lo demás: coquetear, amenazar, pagar las cuentas, tener sexo, pedir comida, trabajo, informarnos, indignarnos, exhibirnos y hasta para jugar, literalmente, a buscar una cura para el cáncer. Internet nos cambió la vida y ni siquiera los libros más proféticos de ciencia ficción —que nos imaginaban volando en naves espaciales y acariciando perros robóticos— lograron predecirlo.

Lo and Behold, Reveries of the Connected World, el documental más reciente del respetado cineasta alemán Werner Herzog, indaga en cuáles han sido y en cuáles van a ser las transformaciones que nos deparará esta revolución, “una de las más grandes que hemos experimentado como seres humanos”. En la línea de los apocalípticos e integrados de Eco, Herzog intercala en 10 capítulos voces científicas que no disimulan su fervor ante el paraíso tecnológico con otras tantas que lo avizoran como el fin mismo de la humanidad. Y vaya que en cada bando, como ya es costumbre en el universo Herzog, van apareciendo personajes peculiarísimos. En de los optimistas está Sebastian Thurn, profesor de Stanford y experto en robótica. Como precursor de los autos que se manejan solos, Thurn no se sonroja al decir que confía más en los pernos que en las personas: “La capacidad de los autos para desarrollar una inteligencia artificial es mayor que la de nosotros para seguirles el ritmo”. Superando con creces la fe pirotécnica de Thurn, su colega Joydeep Biswas, de la Universidad Carnegie Mellon, incluso afirma que, para 2050, él y su equipo ensamblarán robots al lado de los cuales Messi y Ronaldo quedarán como dos paquetes. Tecnología: 1— Humanidad: 0.

Sin embargo, al tiempo que la hiperconectividad y los avances informáticos han propulsado nuestra creatividad e inventiva, también han hiperbolizado nuestras filias, nuestras fobias, nuestras miserias. “No hay dignidad o respeto en Internet, porque nadie se hace responsable de lo que sucede ahí. No hay nadie que nos diga qué no hacer”, dice asqueada la madre de Nikki Catsouras, una chica que murió en un accidente de tránsito en Estados Unidos y cuyas fotos de su cuerpo decapitado se volvieron virales y llegaron, anónimamente, hasta el correo de su padre. “Internet es el espíritu del mal”. Nunca antes, como ahora, nuestro morbo y nuestra avidez de diversión han tenido tantos bytes para saciarse y descontrolarse: bytes, bytes y bytes de pornografía, de series, de videojuegos. La Red, sin haber sido creada para eso, ha ido atrapando a muchos: en Seattle, los centros de rehabilitación para adictos a Internet tienen las habitaciones copadas, y en Corea del Sur los adolescentes, enchufados a los juegos en línea, usan pañal para evitar perder puntos por ir al baño. Tecnología y Humanidad: 0.

Dada la cantidad de datos con la que la hemos alimentado, ¿será entonces que Internet sueña consigo misma?, les pregunta Herzog con su inconfundible voz cavernosa a los científicos, intentando que ellos, de alguna manera, predigan el futuro. Ninguno da una respuesta definitiva, pero los más imaginativos no descartan que de aquí a unos años, quién sabe, podamos comunicarnos telepáticamente. Otros, como el afamado cosmólogo Lawrence Krauss, contestan con repreguntas aún más filosóficas: “¿Será que los hijos de los hijos de nuestros hijos necesitarán de la compañía de seres humanos o habrán evolucionado hacia un mundo en el que eso ya no importa?”. La astrofísica Lucianne Walkowicz, más allá de los entusiasmos y las paranoias, agrega un dato —una amenaza— real: tan endebles son las conexiones que sostienen nuestro mundo que bastaría un destello solar intenso para destruirlas. ¿Qué nos sucedería entonces a nosotros, indefensas criaturas dependientes del WiFi, en ese escenario unplugged? “Las computadoras, y en cierto sentido Internet, son los peores enemigos del razonamiento analítico profundo”, dice Leonard Kleinrock. Que lo diga él, uno de sus creadores, es, cuando menos, angustiante.

*** Publicado en la edición 17 de la revista Babieca.

La realidad nos persigue

Hay un solo momento en el que Ola, de 14 años, se permite ser la adolescente que es. Ocurre en una matiné, junto a sus amigas: ella lleva un ligero vestido amarillo, el pelo suelto, y baila y canta una canción de Pitbull que, ¡oh gloriosa casualidad cinematográfica!, se llama Feel this moment. El resto del tiempo, Ola es—le ha tocado ser— la celadora de Marek, su padre alcohólico, la consejera de Magda, su madre ausente, y la madre de Nikodem, su hermano autista. Y todo esto en una ciudad tediosa a las afueras de Varsovia, dentro de un departamento estrecho y percudido, y en medio de su propio agobio púber. Cualquier otro, en su lugar, se habría rendido, se habría largado o se habría desquiciado. Pero a Ola, a la lindísima y estoica Ola, la sostiene una fuerza tan reconfortante como caníbal: la esperanza.

Ola confía en que sus padres, si todo resulta como ella ha planificado, volverán a estar juntos y que su hogar, entonces, volverá a ser un hogar. Komunia, la intensa ópera prima de la directora polaca Anna Zamecka, relata los días previos a la primera comunión de Nikodem, el pretexto familiar luego del cual, según los cálculos de Ola, todo encajará de nuevo. Para que eso suceda, ningún detalle puede fallar. Ninguno. En especial en lo que respecta al examen que Nikodem debe aprobar para que la Iglesia le permita comulgar. Con la paciencia variable de una maestra amateur y la severidad engañosa de quien ha aprendido a reprender, Ola le enseña al pequeño Nikodem, de 10 años, las abstracciones de la fe y sus misterios: quiénes conforman la Santísima Trinidad, qué es una penitencia, por qué Dios es invisible o por qué se debe pedirle perdón. Nikodem memoriza las explicaciones bíblicas que le dan pero, cuando está a solas en la bañera, reflexiona con lucidez sobre el mundo a partir de su mundo.

komunia

Sorprende, en este sentido, la intimidad acechante que Zamecka logra en ese espacio familiar y arquitectónico tan reducido y complejo. En algún punto, de hecho, la directora se cuestionó sobre la pertinencia de su presencia en ese contexto disfuncional que le recordaba al de su infancia. “Tenía profundas dudas —dijo en una entrevista con la revista Filmmaker— sobre si me estaba incluso permitido filmar esta película”. Sin resquemores o con ellos, Zamecka está todo el tiempo allí, camuflada en un rincón privilegiado entre la incomodidad, la preocupación y la curiosidad, cuando Nikodem dice en el centro del vértigo que “la realidad se convierte en ficción”, o cuando Ola, al volver de la fiesta, intenta despertar a Marek de una borrachera, o cuando Magda, la madre escurridiza, ignora a su hijo autista como quien ignora una llaga.

“Las virtudes son tres: la fe, la esperanza y la gula”, le dice Nikodem al sacerdote el día que aprende a confesarse, una escena antes de que Ola le explique lo que otros —sus padres, la Iglesia, sus mismos maestros— no quieren o no saben de qué forma atinada hacerlo: ella corta rodajas de plátano para imitar el cuerpo redondo de Cristo y así mostrarle cómo recibirlo con su lengua. Días después, Nikodem y sus compañeros están de pie en altar, vestidos de blanco. Han empezado a cantar las canciones que memorizaron y que ahora repiten con una devoción candorosa que sus padres se apuran en almacenar en la memoria de sus teléfonos. En una de las bancas de la capilla, juntos y trajeados para la ocasión, están Marek, Magda y Ola. Y en uno de los libros de la fantástica Wislawa Szymborska están unos versos que resumen esta escena y, en definitiva, este documental: “La realidad –escribió la poeta polaca—no se disipa como se disipan los sueños”. La realidad nos persigue en todos nuestros intentos de escape.

*** Publicado en el periódico El Otro Cine del Festival Internacional de Cine Documental Encuentros del Otro Cine (EDOC).